Todo empezó por curiosidad. Un video, un curso, el primer cuchillo hecho sin experiencia y muchas horas de práctica. El taller empezó siendo un espacio chico en la casa de mis viejos, y fue creciendo a medida que yo también aprendía.
Los cuchillos de GALLO no son piezas industriales ni producidas en serie. Cada uno está trabajado y terminado a mano, desde el desbaste hasta el filo final.
La estética siempre tuvo una dirección clara: inspiración japonesa, líneas simples y funcionalidad por encima de todo.
Hoy el taller sigue evolucionando, pero la idea es la misma desde el principio: hacer herramientas honestas, bien construidas y pensadas para usarse todos los días.